La revolución digital y el cambio generacional han redefinido qué significa desarrollarse profesionalmente. Hoy, las competencias que marcan la diferencia no están en los manuales. Lo llamo luces largas y tiene que ver con la inquietud y la conectividad. Y lo cambian todo…
POR BLANCA RODRÍGUEZ LAINZ
Global Head of Talent en Ontier
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Hace unas semanas, comiendo con un grupo de jóvenes que se incorporaban a nuestra empresa, uno de ellos me confesó algo que me dejó pensando varios días: “Nos han enseñado a responder, pero nadie nos enseñó a preguntar.” Otro, casi de pasada, añadió que no recordaba no utilizar inteligencia artificial, estaba plenamente integrada en su vida.
Dos frases en una comida informal. Y el diagnóstico más preciso que he escuchado en mucho tiempo sobre el reto real del desarrollo profesional hoy.
El contexto actual
Vivimos una doble revolución. La digital y la generacional. Y no son fenómenos paralelos: se retroalimentan, se aceleran mutuamente y están transformando de forma radical lo que significa crecer en una organización.
La inteligencia artificial democratiza el conocimiento, pero no el pensamiento. Y eso lo cambia todo: si la información está disponible para todos en segundos, la ventaja competitiva ya no está en lo que sabes. Está en cómo piensas, cómo preguntas y cómo conectas lo que sabes con el contexto y con lo que aún no sabes.
Al mismo tiempo, conviven hoy en las organizaciones cuatro o cinco generaciones con expectativas radicalmente distintas sobre qué significa aprender, crecer y aportar. Los de antes aprendían esperando. Los de ahora aprenden moviéndose. Los que vienen aprenden conectando. Y ninguno de estos modelos es mejor: son complementarios. Pero exigen culturas de desarrollo mucho más sofisticadas que un catálogo de formación anual.
En este contexto, las competencias que realmente marcan la diferencia no son las técnicas. Son dos que raramente aparecen en un “job description”.
La Inkietud: el arte de preguntar
La primera la llamo inkietud. No es un error ortográfico, es una decisión. Porque no hablo de la inquietud genérica, sino de algo más específico y exigente: la capacidad de formular buenas preguntas, de analizar con pensamiento crítico lo que hay detrás de cada respuesta, y de tener la valentía intelectual de actuar con criterio propio.
Durante años hemos educado a los profesionales para que encuentren respuestas. Las organizaciones premiaban a quién sabía más, a quién ejecutaba más rápido, a quién no cometía errores. Pero ese modelo tiene un problema estructural: en un entorno que cambia constantemente, quién solo busca respuestas llega siempre más tarde que quién sabe hacer (y hacerse) las preguntas correctas.
En los procesos de selección, desarrollo y evaluación, detecto la inkietud en cómo alguien habla de lo que no sabe, si lo oculta o lo convierte en aprendizaje, en cómo pregunta y nutre la información con su propio criterio. Si cuando algo falla, busca un culpable y va al pasado, o si se pregunta qué falló, en busca de soluciones y foco en el futuro. Si tiene la humildad de decir “no sé, pero lo averiguo”, y la valentía de ir a averiguarlo de verdad.
Eso no se desarrolla con un curso. Se desarrolla con cultura.
La conectividad: mucho más que networking.
La segunda competencia es la conectividad. La conectividad no es networking, no se trata de intercambiar tarjetas.
La conectividad es pensamiento transversal. Es la capacidad de unir puntos que otros no ven: conectar ideas y personas, conectar una tendencia de otro sector con una oportunidad en el propio, vincular una conversación con un cliente con una idea que surgió en una formación, integrar conocimiento técnico con perspectiva de negocio, de tecnología, de impacto social.
Pero también es relacional. Es conectar con personas, mantener vínculos profesionales basados en el intercambio real de conocimiento, escuchar e integrar lo que te aportan personas que piensan diferente. Porque el conocimiento que no se comparte, se pierde. Y en el entorno actual, el aprendizaje que más valor genera no es el individual, es el que ocurre en red.
Las organizaciones que entienden esto no gestionan el networking como una actividad comercial, sino como una estrategia de desarrollo. Crean espacios donde personas de distintas áreas, generaciones y disciplinas se encuentran, se preguntan cosas y construyen juntas. No porque sea bonito, sino porque es rentable.
Lo que las organizaciones tienen que cambiar
El mayor error que cometen las organizaciones en materia de desarrollo es seguir gestionándolo como si el contexto fuera el mismo de hace veinte años. Catálogos de formación estándar, evaluaciones anuales desconectadas del día a día, planes de carrera lineales en un mundo que ya no es lineal.
El futuro no pertenece a quién más información acumule. Pertenece a quién sepa preguntar mejor, aprovechar la plataforma de relaciones y oportunidades a su alrededor, expandirla y seguir aprendiendo sin necesitar que el contexto sea cómodo para hacerlo.
La inkietud y la conectividad no son rasgos de personalidad con los que se nace, son competencias que se pueden observar, evaluar y, sobre todo, desarrollar.
Pero solo en organizaciones que hayan decidido, de verdad, que aprender no es opcional.
DESTACADO: El futuro no es de quién más sabe. Es de quién mejor pregunta, conecta y aprende con luces largas para detectar oportunidades y conocer personas.